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domingo, 28 de octubre de 2012

Praga: La inmortalidad


Praga / La inmortalidad
“El horror es un impacto, un momento de absoluta ceguera. El horror está desprovisto de toda huella de Belleza.” (Milan Kundera, La insoportable levedad del ser)

El concepto de belleza es sumamente escurridizo, arbitrario.
Parece inapropiado relacionar la belleza con el horror. Pero si pienso en la belleza como una forma de la verdad, puedo pensar que el horror nunca podrá contenerla, entonces comparto estas palabras de Kundera.
Esta mañana decidimos deslizarnos por una zona de la Praga no turística, la llamada Ciudad Nueva, Nové Město. Las calles son anchas, la edificación es más ecléctica, siempre bonita, y al levantar la vista para admirarla también se puede ver el cielo azul claro de este hermoso día de sol. Y de pronto llegamos al museo de Antonin Dvořák, sin buscarlo. Siempre digo que hay lugares, objetos y personas (no necesariamente en ese orden) que nos están predestinados. Es pequeño y encantador, tiene una sala, con frescos en el techo, en la que actualmente se dan conciertos. Dado que tanto I como yo tenemos una natural predisposición al encantamiento, quisimos escuchar la música del dueño de casa. Lo hicimos con la guía de una señora muy amable, que nos recomendaba las mejores grabaciones. La verdad es que no conozco demasiado la música de este señor –tampoco I- y eso llevó a una conversación en la que I quiso convencerme de que hagamos un curso de música clásica (de esos para ignorantes); es más, tomó su Ipod y me leyó el mail de Pablo Kohan sobre el curso que comenzará en agosto. Por supuesto que quiero, pero volvemos siempre al mismo problema del tiempo y de la odiosa necesidad de tener que elegir. ¡Y pensar que hay gente que se aburre! Actualmente, tendría que optar entre Cine Núcleo, música clásica o inglés, para los martes. Esto último porque es vergonzoso, anacrónico e inconveniente que una chica como yo no pueda desenvolverse en la lengua de David Bowie, Clive Owen, Jeremy Irons, Eric Clapton. Muy bien, salimos de allí con dos CD de Antonin (las series de asociaciones me sientan de maravilla: Antonin me lleva al genial Artaud, éste a Cementerio Club –justo que pensaba en vos, nenaá, caí muerto- y a mi bien amado Spinetta; mejor me detengo aquí), la sonrisa de satisfacción de la señora rubia y flaca, y un gran entusiasmo sobre nuestras futuras empresas. Atravesamos un parque en el que los lugareños retozaban, miramos zapatos –cómo me pierden los zapatos y qué divinos y coloridos son en Europa.

                                                 

 Así íbamos, llegó el momento de hacer un alto en el camino, I divisó una cervecería bien checa; allí entramos. Ni un solo turista, paredes con fotos de soldados, textos sólo en checo. Preguntamos qué significaba el conjunto, nos explicaron algo que no terminamos de entender, compartimos con checos, protesté un poco por la ensalada que tenía gran cantidad de pepinos y no me gustan (los añadiré a la lista de rechazos, al lado de las figuritas que salen cada hora del reloj de la torre de la Municipalidad. El reloj es bonito, pero los turistas apiñados y observando con expresión bovina lo afeamos.). Volvamos a nuestro propósito: en medio de las elucubraciones sobre el lugar y las fotos, recordé que M, al entrar en Praga, nos había hablado algo de la Iglesia Ortodoxa de los santos Cirilo y Metodio, frente a la cervecería. Entramos en el pequeño museo con las criptas. La historia es fuerte, habla de las guerras, del nazismo y de todo esa parte de la historia. El Episodio es más que interesante, voy a contar lo mínimo e indispensable, folleto en mano: en Praga  estaba a cargo de la ocupación nazi  el SS Obergruppenfuhrer, general de la Policía y jefe del Servicio de Seguridad, el Reichprotektor (gobernador del protectorado de Bohemia y Moravia) Reinhard Heydrich , uno de los artífices y hombres más temidos del Tercer Reich (año 1941). Los checos recibieron ayuda desde Gran Bretaña, donde se encontraba el gobierno exiliado y se prepararon en Escocia para acabar con este cerdo. Eran siete paracaidistas. El 27 de mayo de 1942, en el barrio checo de Libén, dos de ellos lograron matarlo. Luego los nazis se enfurecieron, hubo persecuciones cruentas hacia todos los sospechosos de haber participado, incluso se ofreció una recompensa de diez millones de coronas por información sobre los responsables. El 7 y 9 de junio de 1942 se hicieron dos importantes funerales, en Berlín y Praga en memoria de Heydrich. Terminadas las exequias, los nazis volvieron a la carga y destruyeron el pueblo de Lidice: 199 hombres ejecutados, las mujeres trasladadas a campos de concentración y los chicos que eran racialmente “aptos” fueron reenviados para su reeducación como ciudadanos modelo del Reich. El 24 de junio los nazis destruyeron, también, Ležáky.
El asesinato de Heydrich fue la primera demostración de resistencia armada de una nación ocupada, contra el fascismo alemán en Europa. Lo importante es que en la preparación de la misión de los paracaidistas intervinieron muchas personas que no eran excluyentemente militares ni comunistas, sino del pueblo y sacerdotes checos dispuestos a defenderse contra el fascismo. El padre Vladimir Petřek, sacerdote ortodoxo checo, alojó a los paracaidistas en la cripta de la iglesia, actuó como enlace entre las personas participantes del atentado. El decano de la iglesia, el sacristán y el obispo no fueron informados hasta el 11 de junio, a partir de ese momento se sumaron a la causa y recibieron, a su vez, ayuda de personas particulares y grupos de resistencia.
Las ejecuciones diarias y el terror desatado por los nazis fue de gran magnitud, uno de los paracaidistas delató a sus compañeros y, aunque desconocía el lugar en que estaban refugiados, suministró pistas para llegar a ellos. El 18 de junio, a las 2 de la mañana, se dio la orden de rodear la iglesia ortodoxa de San Cirilo y San Metodio. Eran 360 miembros del batallón de la Guardia de las SS contra 7 paracaidistas. La operación empezó a las 4.15. La orden que tenían los soldados de la Gestapo era la de capturarlos con vida. Tres de los checos defendieron la parte principal de la iglesia hasta morir a las siete de la mañana; los otros cuatro lucharon hasta el final, hasta que la Gestapo asaltó la cripta y entonces hicieron uso de las cuatro balas que se habían guardado (si bien el método ha sido muy utilizado, no puedo dejar de pensar en las pastillas de cianuro de nuestros 70). Ninguno de los siete paracaidistas pasaba de los 30 años.
Por su lado, los sacerdotes y el sacristán fueron arrestados junto con sus familias. El obispo, informado de las detenciones y del asalto a la iglesia, escribió tres cartas: al Primer Ministro, al Ministro de Educación y Cultura, y a la oficina del Reichprotektor, para salvar a los detenidos y poner fin a las víctimas del terror: “Entrego mi persona a las autoridades competentes y estoy preparado para someterme a cualquier castigo. Incluso la muerte, si fuese necesario.” Nunca le contestaron. Lo detuvieron el 25 de junio, lo torturaron hasta el 3 de septiembre, día del juicio contra los representantes de la iglesia ortodoxa. El 4 de septiembre, el obispo, el sacristán y el Presidente del Consejo de Mayores fueron fusilados, junto con el primer sacerdote, en un paredón del barrio praguense de Kobylisy. Como los nazis no se privan de nada, la Gestapo alemana encerró a 253 checos, por haber ayudado a los paracaidistas, en la fortaleza pequeña de Terezin. Posteriormente los trasladaron al campo de concentración de Mauthausen, con la inscripción de las letras R.u (sin retorno) y a los pocos días fueron ejecutados.
El nuevo Reichprotektor disolvió las parroquias de la Iglesia Ortodoxa Checa y confiscó propiedades; la iglesia de la que hablamos fue depósito de los bienes obtenidos del pillaje nazi (me suena, me suena). Los sacerdotes ortodoxos fueron llevados a campos de trabajos forzados; los fieles se quedaron sin sus líderes espirituales.
Después de la guerra los checos rindieron homenaje a todos los que cayeron víctimas del terror de Heydrich, con las siguientes palabras:”hay dos momentos que las checas y checos deben contemplar con reverencia: Lidice y la Iglesia ortodoxa de los santos Cirilio y Metodio.”. El accionar de esta pequeña iglesia fue una victoria moral contra la violencia del fascismo. Hoy día es un lugar que conmemora la valentía, la bondad  y el sacrificio humanos. La gente deja flores en las criptas, al lado de las fotos en que se ve a los paracaidistas con expresiones concentradas; también dejan notitas con palabras de agradecimiento y respeto. Los mensajes no están todos en checo, sino en distintos idiomas. Quién puede permanecer indiferente ante tamaña Historia; yo también escribí palabras de reconocimiento y admiración, en mi nombre y en el de I. Sé que el discurso desplegado en toda esta muestra sobre los hechos referidos suena a manual, pero no seré yo quien arroje la primera piedra para tildarlo de exagerado, porque sí es desmedidamente humano lo que hicieron estos hombres. Además, todo el “Episodio” me reconcilia con la institución Iglesia; no, me corrijo, con algunos hombres que forman parte de ella.
Posteriormente, en 1987 el obispo Gorazd fue canonizado.
Qué fortuna fue haber pasado por allí; qué hicimos exactamente después no podría asegurarlo. Las caras de esos hombres, el zapato de uno de ellos y el maletín en el que el sargento mayor Kubiš llevaba la granada que lanzó contra Heydrich se quedaron en mí. Lo menos que puedo hacer ahora mismo es escribir cuidadosamente los nombres de los miembros del grupo “Anthropoid”:
Jan Kubiš
Josef Gabčík
Josef Valčík
Adolf Opálka
Jaroslav Švarc
Josef Bublik
Jan Hrubý
Sacerdote Vladimir Petřek
Sacerdote Václav Čikl
Obispo Gorazd
Presidente del Consejo de Mayores Jan Sonnevend
Sacristán Omest
Alfred Bartoš
Jiří Potuček
La Iglesia Ortodoxa de los Santos Cirilo y Metodio está en Resslova 9a, Praha 2 – Nové Mĕsto
La Belleza, uno de sus rostros, quedó del lado de la verdad que defendieron estos hombres: les pertenece.

  Gabriela Frontini
                  Praga, 24 de julio de 2012


Praga: por el camino de Vyšehradský hřbitov a Slavín


Praga: por el camino de Vyšehradský hřbitov a Slavín
“Espero que tus grados de junquicidad no te lleven a la relatividad total. Los juncos (que tienen un nombre científico muy feo: Schoenoplectus californicus) como bien sabemos, son el primer paso para la formación de una isla. Es decir, son la fuerza de choque que sirve para la creación de algo importante, algo que antes no estaba (¿y qué es si no escribir un cuento o pintar un cuadro?).”
Cito un fragmento de un correo de M, escritor y biólogo, con quien comparto esas horas de los miércoles en las que (sólo) cuenta la literatura -y la literatura abarca todo lo bello. Lo de fuerza de choque me gusta mucho, vuelvo a agradecer. En cuanto al riesgo de caer en la relatividad, I ríe con sarcasmo y aclara que eso nunca ocurrirá porque –lo afirma sin pestañear- yo pertenezco al absolutismo ilustrado. Que cada uno juzgue según su parecer.
Una vez hube esquivado artimañas disuasivas y distractores de todo color y pelaje, logré emprender el camino hacia el Cementerio Slavín, antes de la hora de cierre; para eso había que alcanzar la colina de Vyšehrad, antigua fortaleza. El paseo bordeando el  Moldava es irresistible: el cielo en su inmensidad me hizo mirar todo de arriba para abajo, como si los edificios y el río fueran un desprendimiento, sin por eso resignar preponderancia, como leer de derecha a izquierda y al final de la página encontrarse, todos pegaditos al río, con gente tomando sol, perros paseando y una gran mesa rectangular, cubierta con vasos de cerveza. Mientras subía se iban empequeñeciendo; cuando me paraba a observarlos, se agrandaban; pero no era un efecto óptico, sino una derivación del poder de imán que ejercía la escena.



Fui flotando por el aire y me detuve ahí, al lado de los hombres sentados, brindé en silencio: por Praha, por el sol, por ese instante, por los deseos cumplidos y los que vendrán, por todos los seres que amo en este mundo y en los mundos paralelos. Como en la Nochebuena, en la terraza, en nuestra ceremonia secreta, con mis amores. Henchida el alma, liviano el cuerpo, volví a elevarme para seguir camino.
Había que encontrar una escalerita escondida, después de pasar el puente ferroviario de hierro, subir por el parque y ya estamos en la colina de Vyšehrad, en cuyo palacio el rey Vratislav II pasaba largas temporadas. En la época de mayor esplendor (siglo XI) este rey fundó la iglesia de San Pedro y San Pablo, con el fin de que los oficios religiosos estuvieran al alcance de su mano. Con el correr del tiempo se fue modificando, hoy es la Catedral neogótica. La admiramos desde afuera porque estaba cerrada; entonces, al lado, tal y como nos habían dicho, el cementerio Slavín recibe con el siguiente lema: “Aunque muertos, hablan por siempre.”
Ya veremos por qué.


Este cementerio de Vyšehrad comenzó a extenderse hasta que llegó a convertirse en el Cementerio Slavín, reorganizado, desde el punto de vista de su arquitectura, por Antonín Wiehl, entre los años 1890-1902. Así surgió el famoso cementerio y también monumento histórico donde descansan los restos de célebres personalidades de la Répública Checa, como por ejemplo: Karel Čapek, el creador del término robot (palabra que deriva de la forma robota  -según algunos del término r´b del antiguo eslavo y que significa "esclavo" o bien del checo robota "trabajo"). El término aparece por primera vez en su obra de teatro R.U.R. (Robots Universales Rossum), en 1920, tras cuyo estreno y éxito en Praga, y posteriormente en Londres y Nueva York, hizo que se introdujera en todas las lenguas.  En su último domicilio, acompañan hoy a Karel los escritores Jan Neruda, Julius Zeyer (poeta neorromántico) y Jaroslav Vrchlický (uno de los primeros traductores de la literatura española); la cantante Ema Destinnová y el político František Ladislav Rieger.
En honor a tan célebres huéspedes, voy a leer (Čist) para mí, y con mucha atención, cada una de las inscripciones de las tumbas. Advierto las declinaciones: ya es algo. Adivinamos con I que rodina significa familia.
¿Dónde querrá tomar Kundera su último descanso? ¿Cuál es su patria, desde que abandonó primero su país y luego su lengua natal? ¿Recordará estas palabras de Carlos Fuentes?:No hay ciudad en Europa más hermosa que Praga entre el alto gótico y el siglo barroco, su opulencia y su tristeza se consumaron en las bodas de la piedra y el río.”
Por el momento dejemos a Kundera en Francia y sigamos descubriendo quiénes más habitan la colina.


                   


También descansa allí el multifacético Alfons Mucha, cuya obra se encuentra en distintos museos de Praga a los que acudiremos en un próximo viaje. Si bien lo más conocido son sus afiches litográficos art Nouveau para Sarah Bernhart, fue diseñador de joyas, escenógrafo y pintor.
Mientras I observaba cómo un ¿herrero? cincelaba amorosamente el entorno de una lápida, yo fui siguiendo el camino principal, hasta llegar a Slavín, el panteón de los personajes ilustres de la nación; reverencié a los mencionados moradores. Aunque ellos no contestaron mi saludo, pude oír el murmullo de las discusiones de los escritores acerca del mil veces considerado tópico contenido/forma. Lo hacían amistosamente, arrullados por el canto de la soprano Emilie Paulina Venceslava Kittlova (alias Ema). Esta dama acaparó mi atención; al leer ciertos datos de su biografía llegué a pensar que quizá yo soy ella, porque Emilie, antes de decidirse por la música, se dedicó a la literatura:
"En 1896 Destinnová debutó en Praga como autora dramática. Hay que destacar que en aquella época Destinnová ya no era ninguna novata literaria, sino autora de numerosas novelas y poemas. En ningún caso se trató de una afición de carácter temporal. La literatura marcó toda su vida. No obstante, para gran suerte del mundo de la ópera mundial, Ema Destinnová se decidió por la música. De los tantos éxitos de Ema Destinnová recordemos su actuación en el concierto celebrado en el Covent Garden, de Londres, en ocasión de la coronación en 1910 del rey de Inglaterra, Jorge V. En dicha audiencia solemne, la reina Mary, fascinada por su actuación, apuntó: "Yo soy reina, pero una de tantas. Usted es la única reina del canto en el mundo.”
Ya entiendo de dónde viene mi sensación de haber sido soprano en otra vida y la nostalgia de haber dejado algo, como si estuviera en el proscenio, sentada en el banco de suplente. En esta vida y con un siglo de diferencia, a mí me toca la literatura en primer plano.
En cuanto a Ema –nombre netamente literario-, durante la primera guerra mundial, tuvo que enfrentarse a serias dificultades, debido a sus simpatías hacia la resistencia checa. Por esta razón se recluyó en su castillo de Straz nad Nezarkou, en Bohemia del Sur.
No obstante, se enamoró de Jozef Halsbach, un hombre 20 años menor que ella, de profesión mecánico de aviación, que se ocupaba de la fotografía aérea. La boda se efectuó en 1923.
Imaginemos a Ema en dos momentos clave de su vida, dos momentos de choque de fuerzas, de barajar y dar de nuevo: pasar de la escritura al canto; enamorarse y aceptar a Jozef. Declaro a Ema La Abanderada de los Juncos.
                  
                                                                            

"Pese a que su profesión no era nada romántica, el propio Josef Halsbach afortunadamente era una persona muy amable y cariñosa. Por ejemplo, durante sus vuelos laborales por Bohemia del Sur no perdía ni una oportunidad de sobrevolar el palacete de Straz nad Nezarkou y echar desde la altura rosas blancas al balcón de su mujer".

                                                  
Y ahora que alguien se anime a decirme si una vida tan romántica no tenía que continuar en un cementerio como éste, levitando entre los arcos Art Nouveau.
                   Gabriela Frontini
                                                                                                      Praga, 23 de julio de 2012



Praga: El mapa y el territorio

Praga: El mapa y el territorio

“[…], un libro tiene que ser un hacha para romper el mar de hielo existente en nosotros. Yo así lo creo.” Franz Kafka a Oskar Pollak (1904)

Praga es tan singular que aun dedicándole pocos días podría yo garabatear cientos de páginas. Por razones ajenas al deseo, no lo haré. Lo que sí voy a hacer es una especie de salpicado, según el único criterio del fluir de la representación, con el fin de poblar mis cestopisy (algo así como “libros de viaje”)
Nuestro hotel combina los estilos Biedermeier y Art Nouveau. Se encuentra en el número 33 de la calle Štěpánská, muy cerca de la Plaza Wenceslao y más cerca del Palacio Lucerna, de principios de los años 20, construido según el proyecto de Vacláv Havel, abuelo del primer presidente democrático de la República Checa, después de la etapa socialista. Se trata de un edificio-galería estilo Art Nouveau, con negocios, cafeterías, cine, sala de conciertos y la curiosa Estatua de San Wenceslao con el caballo dado vuelta, obra de David Černy. Dos o tres veces entramos para recorrerlo; todos los días pasamos por delante, ya que es camino obligado hacia la zona de la plaza que, más que plaza, es un boulevard. Una tarde-noche gran cantidad de punks o neopunks aguardaban en la entrada para asistir a un recital. La sensación de que algo tan representativo de una ciudad forme parte del paisaje cotidiano es muy agradable, nos alimenta la ilusión de sentirnos menos turistas.
 
                         
                                                                                         
El boulevard de Wenceslao está siempre muy concurrido pero, como es ancho, resulta fácil olvidar ese detalle y, en cambio, observar todo lo que ofrece de un lado y de otro, con la perspectiva que da la amplitud. Al fondo, como si fuera un torso que extiende las piernas, domina la escena el Museo Nacional (Narodní Muzeum), de estilo neorrenacentista, diseñado por Josef Schulz, en 1890, en pleno furor de la corriente nacionalista checa que reivindicaba el espíritu nacional del antiguo reino de Bohemia y la separación del imperio austro-húngaro. Alguien dice que, si lo barremos con la mirada por un segundo, nos hace creer situados frente a nuestro Congreso. Del vientre de ese torso nacen la estatua de San Wenceslao (1912) y el Monumento a las Víctimas del Comunismo. Una placa y una cruz de bronce en conmemoración del siguiente episodio: en 1968 los tanques rusos entraron a la Plaza Wenceslao para acabar con el período de libertades conocido como Primavera de Praga. El 16 de enero de 1969, el estudiante Jan Palach se inmoló a lo bonzo en protesta por la invasión soviética; un mes más tarde, el estudiante Jan Zazic lo siguió.
La pierna derecha está formada por el Hotel Europa, construido en 1906, en cuyo café Franz Kafka leyó por primera vez La condena. Y ya que hablamos de él recordemos que aquí se encuentra el edificio de la compañía de seguros Assicurazioni Generali, donde Franz trabajó durante diez meses, hasta que tuvo que renunciar por causa de su tuberculosis. Ambas construcciones pertenecen al Art Nouveau. En el otro extremo, el pie: el Palacio Koruna, de 1914, transición del estilo Secession al Art Déco, construido por Antonin Pfeiffer; actualmente funcionan allí oficinas. Pensar que cada día empleados praguenses franquean sus puertas y se disponen al trabajo; bien por ellos

                       

Dicen aquí que ženy čtou více než muži (las mujeres leen más que los hombres).
En esta zona, de ambos lados, encontramos varias librerías: corrimos locamente, porque era tarde, porque nos esperaban, porque no admitíamos irnos sin un kniha (libro) de esta bienamada Praga. Encontramos poco en español, más que nada de Kafka, claro, al que admiramos pero, justamente por eso, no falta en nuestras bibliotecas personales. Antes de que se acabara el tiempo compramos, en la Palác Knih Luxor, Las aventuras del valeroso soldado Švejk, de Jaroslav Hašek y dos de Bohumil Hrabal: Trenes rigurosamente vigilados y Yo que he servido al rey de Inglaterra. Tesoros para ser leídos en Buenos Aires, con el corazón en Praga.
¡Cuántos lugares quedan por recorrer, cuántas calles por transitar, cuántas cosas por hacer! Lo mejor en estos casos –dice I para conformarnos- es pensar en un futuro viaje. Entonces podremos visitar sin apuro cada rincón referido a Kafka. Sería ideal dividir en cuatro partes el día: lectura, paseo, escritura, eventualidad. Si estuviera a mi alcance impermeabilizarme del frío, vendría todo enero. ¿Acaso existe algún tratamiento por el cual neutralizar la sensación térmica y la temperatura?
El famoso castillo de Praga ((Pražský hrad) parece una maqueta atiborrada de muñequitos en pos de alcanzar la Catedral de San Vito. Al descender hacia el Puente de Carlos y la isla Kampa se repite el panorama. Lo disfrutaremos en un futuro, en el momento en que todos sus visitantes se hayan entregado a los brazos de Morfeo.
La plaza de la Ciudad Vieja, Staroměstské náměstí, comprime los miles de turistas que dejan Ias agujas de la Iglesia de Týn y corren acalorados hacia la Iglesia de San Nicolás, echan una mirada a la estatua del religioso quemado por hereje, Jan Hus, hasta pararse ante el reloj del Ayuntamiento para recibir a los doce apóstoles. Misión cumplida.



En la época renacentista, Praga fue la tercera ciudad con mayor población judía de Europa.
El barrio judío Josefov es tan electrizante y cargado de trágica historia que me resulta imposible  ordenarlo por escrito sin acudir a mi folleto: necesito cierta distancia. El llamado Museo Judío de Praga, fundado en 1906, está formado por una serie de edificios dispersos sobre el territorio del antiguo ghetto judío. Durante la ocupación nazi, el museo ofició involuntariamente como depósito de los bienes robados a los judíos checos y moravos. Si bien los empleados lograron salvar dichos objetos, la mayoría de sus dueños no corrieron esa ¿suerte?: murieron en los campos de exterminio. Durante la época comunista el museo fue nacionalizado y restringidas sus actividades. Después de la caída del régimen, los edificios y colecciones fueron devueltos a la comunidad judía.
Veo por segunda vez el Viejo Cementerio Judío, que data de la primera mitad del siglo XV: el gris dominante de las lápidas lo dice todo. Su posición inclinada me conmueve, pienso que es el gesto de protección hacia todos los que, al no poder ser enterrados fuera del ghetto y debido a la falta de espacio aquí, fueron sepultados capa sobre capa. Imposible tomar distancia.
La Sinagoga Pinkas convoca la tristeza y el espanto detrás de cada uno de los 77.297 nombres inscriptos en la pared, de los judíos checos y moravos asesinados por los nazis. El monumento tal como lo vemos hoy es la reconstrucción realizada en 1996, luego de la caída del régimen comunista que, en 1968, había destruido las inscripciones y cerrado el Museo. Igual de triste y devastador es subir hasta el primer piso y detenerse en la exposición “Dibujos de los niños de Terezín 1942-1944”. Son los dibujos que hicieron los más de 10.000 niños  internados en Terezín, poco antes de ser llevados a Auschwitz, donde fueron asesinados. Friedl Dicker-Brandeis, una egresada de la Bauhaus, fue nombrada para dirigir el trabajo y, antes de la deportación de los niños a Auschwitz, logró esconder los dibujos que, en muchos casos, constituyen el único recuerdo de los que no sobrevivieron. De los 8.000 deportados hacia el Este, sólo 242 llegaron a ver el fin de la guerra.


 
       


Nos dicen que la antigua capital del reino de Bohemia es una de las ciudades más preservada de las guerras, menos destruida ediliciamente; es cierto. Pero también es cierto que no se libró de todos los horrores que atravesaron los habitantes de esta Europa. La primera vez que estuve en Praga advertí la belleza en los rostros de los checos y, también, me impresionó un fondo de tristeza delineado en los labios y en los ojos. Sé muy bien que vemos lo que queremos ver, que nuestra mirada porta nuestra propia historia y que ésta es tan singular y compartida como puede serlo la mirada del que está humanamente obligado a recordar que el olvido debe ser una palabra vedada en el territorio de la Historia.
                                                                                                                Gabriela Frontini
                                                                                                             Praga, 22 de julio de 2012