domingo, 28 de octubre de 2012

Praga: por el camino de Vyšehradský hřbitov a Slavín


Praga: por el camino de Vyšehradský hřbitov a Slavín
“Espero que tus grados de junquicidad no te lleven a la relatividad total. Los juncos (que tienen un nombre científico muy feo: Schoenoplectus californicus) como bien sabemos, son el primer paso para la formación de una isla. Es decir, son la fuerza de choque que sirve para la creación de algo importante, algo que antes no estaba (¿y qué es si no escribir un cuento o pintar un cuadro?).”
Cito un fragmento de un correo de M, escritor y biólogo, con quien comparto esas horas de los miércoles en las que (sólo) cuenta la literatura -y la literatura abarca todo lo bello. Lo de fuerza de choque me gusta mucho, vuelvo a agradecer. En cuanto al riesgo de caer en la relatividad, I ríe con sarcasmo y aclara que eso nunca ocurrirá porque –lo afirma sin pestañear- yo pertenezco al absolutismo ilustrado. Que cada uno juzgue según su parecer.
Una vez hube esquivado artimañas disuasivas y distractores de todo color y pelaje, logré emprender el camino hacia el Cementerio Slavín, antes de la hora de cierre; para eso había que alcanzar la colina de Vyšehrad, antigua fortaleza. El paseo bordeando el  Moldava es irresistible: el cielo en su inmensidad me hizo mirar todo de arriba para abajo, como si los edificios y el río fueran un desprendimiento, sin por eso resignar preponderancia, como leer de derecha a izquierda y al final de la página encontrarse, todos pegaditos al río, con gente tomando sol, perros paseando y una gran mesa rectangular, cubierta con vasos de cerveza. Mientras subía se iban empequeñeciendo; cuando me paraba a observarlos, se agrandaban; pero no era un efecto óptico, sino una derivación del poder de imán que ejercía la escena.



Fui flotando por el aire y me detuve ahí, al lado de los hombres sentados, brindé en silencio: por Praha, por el sol, por ese instante, por los deseos cumplidos y los que vendrán, por todos los seres que amo en este mundo y en los mundos paralelos. Como en la Nochebuena, en la terraza, en nuestra ceremonia secreta, con mis amores. Henchida el alma, liviano el cuerpo, volví a elevarme para seguir camino.
Había que encontrar una escalerita escondida, después de pasar el puente ferroviario de hierro, subir por el parque y ya estamos en la colina de Vyšehrad, en cuyo palacio el rey Vratislav II pasaba largas temporadas. En la época de mayor esplendor (siglo XI) este rey fundó la iglesia de San Pedro y San Pablo, con el fin de que los oficios religiosos estuvieran al alcance de su mano. Con el correr del tiempo se fue modificando, hoy es la Catedral neogótica. La admiramos desde afuera porque estaba cerrada; entonces, al lado, tal y como nos habían dicho, el cementerio Slavín recibe con el siguiente lema: “Aunque muertos, hablan por siempre.”
Ya veremos por qué.


Este cementerio de Vyšehrad comenzó a extenderse hasta que llegó a convertirse en el Cementerio Slavín, reorganizado, desde el punto de vista de su arquitectura, por Antonín Wiehl, entre los años 1890-1902. Así surgió el famoso cementerio y también monumento histórico donde descansan los restos de célebres personalidades de la Répública Checa, como por ejemplo: Karel Čapek, el creador del término robot (palabra que deriva de la forma robota  -según algunos del término r´b del antiguo eslavo y que significa "esclavo" o bien del checo robota "trabajo"). El término aparece por primera vez en su obra de teatro R.U.R. (Robots Universales Rossum), en 1920, tras cuyo estreno y éxito en Praga, y posteriormente en Londres y Nueva York, hizo que se introdujera en todas las lenguas.  En su último domicilio, acompañan hoy a Karel los escritores Jan Neruda, Julius Zeyer (poeta neorromántico) y Jaroslav Vrchlický (uno de los primeros traductores de la literatura española); la cantante Ema Destinnová y el político František Ladislav Rieger.
En honor a tan célebres huéspedes, voy a leer (Čist) para mí, y con mucha atención, cada una de las inscripciones de las tumbas. Advierto las declinaciones: ya es algo. Adivinamos con I que rodina significa familia.
¿Dónde querrá tomar Kundera su último descanso? ¿Cuál es su patria, desde que abandonó primero su país y luego su lengua natal? ¿Recordará estas palabras de Carlos Fuentes?:No hay ciudad en Europa más hermosa que Praga entre el alto gótico y el siglo barroco, su opulencia y su tristeza se consumaron en las bodas de la piedra y el río.”
Por el momento dejemos a Kundera en Francia y sigamos descubriendo quiénes más habitan la colina.


                   


También descansa allí el multifacético Alfons Mucha, cuya obra se encuentra en distintos museos de Praga a los que acudiremos en un próximo viaje. Si bien lo más conocido son sus afiches litográficos art Nouveau para Sarah Bernhart, fue diseñador de joyas, escenógrafo y pintor.
Mientras I observaba cómo un ¿herrero? cincelaba amorosamente el entorno de una lápida, yo fui siguiendo el camino principal, hasta llegar a Slavín, el panteón de los personajes ilustres de la nación; reverencié a los mencionados moradores. Aunque ellos no contestaron mi saludo, pude oír el murmullo de las discusiones de los escritores acerca del mil veces considerado tópico contenido/forma. Lo hacían amistosamente, arrullados por el canto de la soprano Emilie Paulina Venceslava Kittlova (alias Ema). Esta dama acaparó mi atención; al leer ciertos datos de su biografía llegué a pensar que quizá yo soy ella, porque Emilie, antes de decidirse por la música, se dedicó a la literatura:
"En 1896 Destinnová debutó en Praga como autora dramática. Hay que destacar que en aquella época Destinnová ya no era ninguna novata literaria, sino autora de numerosas novelas y poemas. En ningún caso se trató de una afición de carácter temporal. La literatura marcó toda su vida. No obstante, para gran suerte del mundo de la ópera mundial, Ema Destinnová se decidió por la música. De los tantos éxitos de Ema Destinnová recordemos su actuación en el concierto celebrado en el Covent Garden, de Londres, en ocasión de la coronación en 1910 del rey de Inglaterra, Jorge V. En dicha audiencia solemne, la reina Mary, fascinada por su actuación, apuntó: "Yo soy reina, pero una de tantas. Usted es la única reina del canto en el mundo.”
Ya entiendo de dónde viene mi sensación de haber sido soprano en otra vida y la nostalgia de haber dejado algo, como si estuviera en el proscenio, sentada en el banco de suplente. En esta vida y con un siglo de diferencia, a mí me toca la literatura en primer plano.
En cuanto a Ema –nombre netamente literario-, durante la primera guerra mundial, tuvo que enfrentarse a serias dificultades, debido a sus simpatías hacia la resistencia checa. Por esta razón se recluyó en su castillo de Straz nad Nezarkou, en Bohemia del Sur.
No obstante, se enamoró de Jozef Halsbach, un hombre 20 años menor que ella, de profesión mecánico de aviación, que se ocupaba de la fotografía aérea. La boda se efectuó en 1923.
Imaginemos a Ema en dos momentos clave de su vida, dos momentos de choque de fuerzas, de barajar y dar de nuevo: pasar de la escritura al canto; enamorarse y aceptar a Jozef. Declaro a Ema La Abanderada de los Juncos.
                  
                                                                            

"Pese a que su profesión no era nada romántica, el propio Josef Halsbach afortunadamente era una persona muy amable y cariñosa. Por ejemplo, durante sus vuelos laborales por Bohemia del Sur no perdía ni una oportunidad de sobrevolar el palacete de Straz nad Nezarkou y echar desde la altura rosas blancas al balcón de su mujer".

                                                  
Y ahora que alguien se anime a decirme si una vida tan romántica no tenía que continuar en un cementerio como éste, levitando entre los arcos Art Nouveau.
                   Gabriela Frontini
                                                                                                      Praga, 23 de julio de 2012



Praga: El mapa y el territorio

Praga: El mapa y el territorio

“[…], un libro tiene que ser un hacha para romper el mar de hielo existente en nosotros. Yo así lo creo.” Franz Kafka a Oskar Pollak (1904)

Praga es tan singular que aun dedicándole pocos días podría yo garabatear cientos de páginas. Por razones ajenas al deseo, no lo haré. Lo que sí voy a hacer es una especie de salpicado, según el único criterio del fluir de la representación, con el fin de poblar mis cestopisy (algo así como “libros de viaje”)
Nuestro hotel combina los estilos Biedermeier y Art Nouveau. Se encuentra en el número 33 de la calle Štěpánská, muy cerca de la Plaza Wenceslao y más cerca del Palacio Lucerna, de principios de los años 20, construido según el proyecto de Vacláv Havel, abuelo del primer presidente democrático de la República Checa, después de la etapa socialista. Se trata de un edificio-galería estilo Art Nouveau, con negocios, cafeterías, cine, sala de conciertos y la curiosa Estatua de San Wenceslao con el caballo dado vuelta, obra de David Černy. Dos o tres veces entramos para recorrerlo; todos los días pasamos por delante, ya que es camino obligado hacia la zona de la plaza que, más que plaza, es un boulevard. Una tarde-noche gran cantidad de punks o neopunks aguardaban en la entrada para asistir a un recital. La sensación de que algo tan representativo de una ciudad forme parte del paisaje cotidiano es muy agradable, nos alimenta la ilusión de sentirnos menos turistas.
 
                         
                                                                                         
El boulevard de Wenceslao está siempre muy concurrido pero, como es ancho, resulta fácil olvidar ese detalle y, en cambio, observar todo lo que ofrece de un lado y de otro, con la perspectiva que da la amplitud. Al fondo, como si fuera un torso que extiende las piernas, domina la escena el Museo Nacional (Narodní Muzeum), de estilo neorrenacentista, diseñado por Josef Schulz, en 1890, en pleno furor de la corriente nacionalista checa que reivindicaba el espíritu nacional del antiguo reino de Bohemia y la separación del imperio austro-húngaro. Alguien dice que, si lo barremos con la mirada por un segundo, nos hace creer situados frente a nuestro Congreso. Del vientre de ese torso nacen la estatua de San Wenceslao (1912) y el Monumento a las Víctimas del Comunismo. Una placa y una cruz de bronce en conmemoración del siguiente episodio: en 1968 los tanques rusos entraron a la Plaza Wenceslao para acabar con el período de libertades conocido como Primavera de Praga. El 16 de enero de 1969, el estudiante Jan Palach se inmoló a lo bonzo en protesta por la invasión soviética; un mes más tarde, el estudiante Jan Zazic lo siguió.
La pierna derecha está formada por el Hotel Europa, construido en 1906, en cuyo café Franz Kafka leyó por primera vez La condena. Y ya que hablamos de él recordemos que aquí se encuentra el edificio de la compañía de seguros Assicurazioni Generali, donde Franz trabajó durante diez meses, hasta que tuvo que renunciar por causa de su tuberculosis. Ambas construcciones pertenecen al Art Nouveau. En el otro extremo, el pie: el Palacio Koruna, de 1914, transición del estilo Secession al Art Déco, construido por Antonin Pfeiffer; actualmente funcionan allí oficinas. Pensar que cada día empleados praguenses franquean sus puertas y se disponen al trabajo; bien por ellos

                       

Dicen aquí que ženy čtou více než muži (las mujeres leen más que los hombres).
En esta zona, de ambos lados, encontramos varias librerías: corrimos locamente, porque era tarde, porque nos esperaban, porque no admitíamos irnos sin un kniha (libro) de esta bienamada Praga. Encontramos poco en español, más que nada de Kafka, claro, al que admiramos pero, justamente por eso, no falta en nuestras bibliotecas personales. Antes de que se acabara el tiempo compramos, en la Palác Knih Luxor, Las aventuras del valeroso soldado Švejk, de Jaroslav Hašek y dos de Bohumil Hrabal: Trenes rigurosamente vigilados y Yo que he servido al rey de Inglaterra. Tesoros para ser leídos en Buenos Aires, con el corazón en Praga.
¡Cuántos lugares quedan por recorrer, cuántas calles por transitar, cuántas cosas por hacer! Lo mejor en estos casos –dice I para conformarnos- es pensar en un futuro viaje. Entonces podremos visitar sin apuro cada rincón referido a Kafka. Sería ideal dividir en cuatro partes el día: lectura, paseo, escritura, eventualidad. Si estuviera a mi alcance impermeabilizarme del frío, vendría todo enero. ¿Acaso existe algún tratamiento por el cual neutralizar la sensación térmica y la temperatura?
El famoso castillo de Praga ((Pražský hrad) parece una maqueta atiborrada de muñequitos en pos de alcanzar la Catedral de San Vito. Al descender hacia el Puente de Carlos y la isla Kampa se repite el panorama. Lo disfrutaremos en un futuro, en el momento en que todos sus visitantes se hayan entregado a los brazos de Morfeo.
La plaza de la Ciudad Vieja, Staroměstské náměstí, comprime los miles de turistas que dejan Ias agujas de la Iglesia de Týn y corren acalorados hacia la Iglesia de San Nicolás, echan una mirada a la estatua del religioso quemado por hereje, Jan Hus, hasta pararse ante el reloj del Ayuntamiento para recibir a los doce apóstoles. Misión cumplida.



En la época renacentista, Praga fue la tercera ciudad con mayor población judía de Europa.
El barrio judío Josefov es tan electrizante y cargado de trágica historia que me resulta imposible  ordenarlo por escrito sin acudir a mi folleto: necesito cierta distancia. El llamado Museo Judío de Praga, fundado en 1906, está formado por una serie de edificios dispersos sobre el territorio del antiguo ghetto judío. Durante la ocupación nazi, el museo ofició involuntariamente como depósito de los bienes robados a los judíos checos y moravos. Si bien los empleados lograron salvar dichos objetos, la mayoría de sus dueños no corrieron esa ¿suerte?: murieron en los campos de exterminio. Durante la época comunista el museo fue nacionalizado y restringidas sus actividades. Después de la caída del régimen, los edificios y colecciones fueron devueltos a la comunidad judía.
Veo por segunda vez el Viejo Cementerio Judío, que data de la primera mitad del siglo XV: el gris dominante de las lápidas lo dice todo. Su posición inclinada me conmueve, pienso que es el gesto de protección hacia todos los que, al no poder ser enterrados fuera del ghetto y debido a la falta de espacio aquí, fueron sepultados capa sobre capa. Imposible tomar distancia.
La Sinagoga Pinkas convoca la tristeza y el espanto detrás de cada uno de los 77.297 nombres inscriptos en la pared, de los judíos checos y moravos asesinados por los nazis. El monumento tal como lo vemos hoy es la reconstrucción realizada en 1996, luego de la caída del régimen comunista que, en 1968, había destruido las inscripciones y cerrado el Museo. Igual de triste y devastador es subir hasta el primer piso y detenerse en la exposición “Dibujos de los niños de Terezín 1942-1944”. Son los dibujos que hicieron los más de 10.000 niños  internados en Terezín, poco antes de ser llevados a Auschwitz, donde fueron asesinados. Friedl Dicker-Brandeis, una egresada de la Bauhaus, fue nombrada para dirigir el trabajo y, antes de la deportación de los niños a Auschwitz, logró esconder los dibujos que, en muchos casos, constituyen el único recuerdo de los que no sobrevivieron. De los 8.000 deportados hacia el Este, sólo 242 llegaron a ver el fin de la guerra.


 
       


Nos dicen que la antigua capital del reino de Bohemia es una de las ciudades más preservada de las guerras, menos destruida ediliciamente; es cierto. Pero también es cierto que no se libró de todos los horrores que atravesaron los habitantes de esta Europa. La primera vez que estuve en Praga advertí la belleza en los rostros de los checos y, también, me impresionó un fondo de tristeza delineado en los labios y en los ojos. Sé muy bien que vemos lo que queremos ver, que nuestra mirada porta nuestra propia historia y que ésta es tan singular y compartida como puede serlo la mirada del que está humanamente obligado a recordar que el olvido debe ser una palabra vedada en el territorio de la Historia.
                                                                                                                Gabriela Frontini
                                                                                                             Praga, 22 de julio de 2012

Praga

Praga
“Para guardarse de las sirenas, Ulises se tapó los oídos con cera y se hizo encadenar al mástil. Algo semejante podrían, naturalmente, haber hecho desde tiempo antiguo los viajeros, con excepción de aquellos a quienes las sirenas atraían desde lejos; pero en el mundo entero se reconocía que ese recurso no podía servir para nada. El canto de las sirenas lo traspasaba todo, y la pasión de los seducidos habría hecho saltar prisiones más fuertes que mástiles y cadenas.” (Franz Kafka: El silencio de las sirenas)

Aquello de que segundas partes nunca serán buenas no se cumple con esta delicia. Yo conocí Praga hace unos años, cuando viajé con mi amigo F, me había encantado y, ahora, cada día me parece más bella. Tengo que encontrar un adjetivo equivalente a mágica, pero ahora no lo encuentro. Se la suele denominar la ciudad más bella de Europa, lo juraría, si me lo pidieran. Imposible caminar sin mirar hacia arriba para ver las coloridas construcciones de variados estilos; imagino que los arquitectos deben trinar de placer y no podrán conciliar el sueño. Praga atrapa, extiende su largo brazo, en el mismo instante en que los pies la rozan, y solo te deja ir, al final, porque sabe que volverás: absolutamente nadie vence su seducción. Sí, es más acertado que hablar de magia, porque ese brazo es silencioso, invisible, su fuerza no es física, es la fuerza del que inocula de a poquito el veneno del deseo. ¿Desde dónde irradia su poder fatal? ¿Desde las profundidades del Moldava que fluyen bajo los puentes? ¿Desde la altura de la colina que desparrama cúpulas y techos coloridos? No creo que sea tan sencillo descubrirlo, no quiero descubrirlo. Dejo que me lleve a (por) donde ella quiera. No se presentó complaciente, los seductores no lo son; me hizo sentir frío. Sólo más tarde, con cada uno de sus dedos, por separado, fue entregando algo parecido al calor, a esa temperatura del cuerpo que se logra después de una entrega, la mía.
¿Voy a decir que me quedaría más días? ¿Voy a decir que me gustaría pasarme un mes, por lo menos? Sí, sí y sí, aunque no entienda casi nada del checo, aunque no quiero toparme con otros turistas. ¿Qué haría? Me alejaría del casco histórico. Sería capaz de levantarme temprano y caminaría sola por allí, una y otra vez cruzaría el famoso puente y, en cuanto vislumbrara una hordilla humana, escaparía por calles vacías, impulsada por el brazo poderoso.  Lo que Praga ordena es alejarse de las concentraciones y deslizarse por cualquiera de sus arterias. Sé muy bien cuál sería mi rutina inicial: despertarme de a poco, deambular y sentarme en un café a escribir a rabiar. El resto lo dejaría a su consideración.

Gabriela Frontini
Praga, 21 de julio de 2012

                                                                                                                                   

Český Krumlov

Český Krumlov
Unas pocas líneas para un diamante. Claro que se merece más; me disculpo por la brevedad y me consuelo sabiendo que se quedará conmigo para siempre.

Ya estamos en la República Checa y, en algún sentido, me parece recuperar algo de Budapest, no porque se le parezca, sí porque  esta pequeña ciudad de Bohemia, del siglo XIII, nada tiene que ver con Viena, no es impecable, no dice aquí estoy yo. En cambio, nos va preparando los ojos y el alma para recibir a Praga. Siempre hay un río que nos espera, pero no cualquier río, sino el Moldava o Vltava. ¿Acaso existe algún ser humano que sea inmune a la fascinación que provocan estos ríos europeos? Nunca dejo de preguntarme cuál es la percepción de los que viven en estas ciudades tan hermosas y tan ajenas a nuestra cotidianeidad; qué marcas dejan en sus vidas. Lo primero que puedo observar es que disfrutan y viven el río. La mayor parte del año, unos diez meses, están sometidos a un frío impiadoso, así que ahora no se pierden ni un minuto de sol: los vemos echados en reposeras o en el pasto. También vemos a los que se largan con los cayacs; a nosotros eso nos provoca escalofríos. Caminamos por las calles zigzagueantes y estrechas, pasamos por la casa en donde nació Jan Neruda, el poeta nacional del cual Pablo Neruda tomó el apellido para su seudónimo. Seguimos hasta el castillo y palacio Hrad a Zámek, gótico, con agregados barrocos y rococó; nos asomamos al foso de los osos, seguimos por los jardines. Más adelante nos encontramos con un museo dedicado al austríaco Egon Schiele y nos enteramos de que vivió un tiempo en esta parte de Bohemia. Me encanta la serie de pinturas de mujeres: Abrazo, Mujer con medias verdes, La soñadora… Se va haciendo tarde y no queremos  ser descorteses con Praga.
                                                                                                                 Gabriela Frontini
                                                                                                                  Sábado 21 de julio de 2012


Viena

Viena
Aprovecho un tramo del viaje a Český Krumlov para pensar por escrito esta ciudad que dejamos. Sí, es majestuosa, apabullante, imperial, grandilocuente. En rasgos generales, encontré lo que imaginaba, pero: hablando con I acerca de cuán flexibles somos, resulta que una persona conocida nuestra le dice a I que es tan flexible como un junco, tomo el término y, de aquí en más, he decidido pensar en grados de junquicidad. Sentada esta base, diré que volvería a Viena o mejor hubiera sido quedarnos tres días más: aclaro que nunca volvería sin haber estado antes en Budapest una semana, porque decididamente esta última es la que me enamoró. Una cosa es que me resulte interesante y con mucho para hacer y ver y otra es que hayan cautivado mi corazón.

La primera noche, exhaustos los viajeros, nos instalamos en el hotel, de porte imperial, nos cambiamos y fuimos con algunos integrantes del grupo al festival del film que se hace en la plaza en que se encuentra el ayuntamiento, de estilo neogótico, un edificio precioso y que, raro, todavía está sin limpiar; debe haber alguna razón que desconozco, porque aquí hay mucho dinero y ganas de lavar todo. El evento dura unos tres meses y consiste en la proyección de distintos conciertos, en una pantalla delante del mencionado edificio. También hay diferentes puestos de comida de distintas nacionalidades. Todo el mundo, vieneses y extranjeros, circula bebiendo, comiendo, charlando, hasta que comienza la proyección. A nosotros nos tocó un popurrí de duetos de Pavarotti; lo disfrutamos luego de haber comido un plato local que, claro, incluía salchichas, y unas copas de vino; quizás alguna cerveza, ya no recuerdo. Aunque estaba muy cansada, me mantuve paradita, en esa noche ni fría ni calurosa, eso solo ya valió la pena: me gusta mucho el clima que se arma con desconocidos que comparten un evento multitudinario, y la música siempre hace circular buena energía y si una mira a izquierda o derecha se enfrenta nada más que con caras sonrientes. Perdón por Viena, Europa, Pavarotti…pero dejo que irrumpa la felicidad que me estalló la noche de Las Bandas Eternas, las más de cinco horas frente a Spinetta. Que lo digan mis acompañantes si no.

                              
La dinámica general del grupo es salir a la mañana en un recorrido de vistazo y después la tarde libre para que cada uno haga lo que elija. El guía local P es agradable, da bastante información y casi siempre remata con un chiste (evidentemente, en las escuelas de turismo consideran que todos los turistas están ávidos de escuchar chascarrillos entre data y data), pero son tolerables, nunca de mal gusto, yo me voy acostumbrando, mientras subo peldaños por la escalera de la junquicidad. La Ópera es demasiado recargada, sí me gustó ver el otro lado del escenario, es una ciudad en sí mismo, en este momento aprovechan que no hay temporada para refaccionarlo, así que vimos máquinas y aparatos de todo tipo. Cuando es temporada, cada día dan una ópera o un ballet distinto, para que la gente que viene exclusivamente a eso pueda quedarse diez días y ver la misma cantidad de espectáculos, ¿no es maravilloso? Ahora imagínense la perfección de la ingeniería que se requiere para cambiar cada día la  escenografía y todo el armado del evento. La gente de Eternautas, además del itinerario establecido, tienen algunas sorpresas para nosotros: en Budapest fue una cena de bienvenida y el paseo nocturno que ya conté; en Viena tuvimos la visita al espacio de la Secession, un edificio que muestra el friso que Klimt dedicó a Beethoven, en 1902, una verdadera sorpresa muy gratificante. El mural tiene unos treinta y cuatro metros, dedicados a la Novena Sinfonía y, como se puede imaginar hoy, el tratamiento del erotismo le trajo bastantes críticas. Originariamente, estuvo poco tiempo expuesto; en 1973 el gobierno lo compró y en 1986 fue reinstalado aquí, pero en un sitio especial. Este año se cumplen ciento cincuenta del nacimiento de Gustav K, así que la ciudad lo festeja. La Secession se fundó en 1897 por artistas como Kolo Moser, Carl Moll (pintores), Josef Hofmann y Joseph Maria Olbrich (arquitectos), Klimt fue el primer presidente; se trata de un grupo que se fue del Kunstlerhaus,  por considerarlo muy conservador.  Olbrich diseñó el edificio modernista, en 1898, en la entrada tiene el siguiente lema: A cada época su arte, para el arte la libertad. Lástima que no pude sacarle fotos al edificio. Hablando de Klimt, yo no sabía nada de su vida; ya dije lo que me produce su famosa pintura, pero su extensa obra es maravillosa y muy variada, esto lo vimos otro día en el Museo Leopold. Le dedicamos bastante tiempo, vimos su obra, leímos las más de una postales que le enviaba a una de sus mujeres (además tenía tres mujeres), muchas fotos e información sobre su vida. Por ejemplo, el gobierno le había encargado obra para las facultades de Medicina, Leyes y Filosofía; el trabajo le llevó varios años, pero cuando lo terminó se armó gran escándalo por el contenido, hubo sesiones parlamentarias para decidir qué hacer. Decidieron no incorporarlo, pero sí pagarle; Klimt, por su lado, no aceptó el dinero y se llevó su obra: todo un caballero, fiel a sus principios y eso que no tenía dinero y que dedicó años a dicha obra. Tiene un aspecto tan simpático, siempre con su delantal de pintor que, al principio, pensamos con I que era una túnica, QUE ASÍ SE VESTÍA Y YA habíamos elaborado toda una teoría, pero luego nos dimos cuenta de que era su ropa de pintar. Leímos también su rutina de trabajo cuando se fue a pintar a no me acuerdo dónde: todo era disciplina, se levantaba a las seis, aprovechaba la luz hasta las ocho, desayunaba, volvía a pintar, comía algo liviano, volvía a pintar, luego estudiaba a otros pintores. Esa es la parte en que I me dice que así debería hacer yo con la escritura, entonces le digo que se contradice porque el otro día, mientras yo escribía, me salió con un: solo escribiste cinco renglones, eso me hirió profundamente y le contesté: tesoro, sentate vos a escribir, qué espíritu peleador tiene, cómo le gusta hacerme rabiar y, encima, me dice que tengo pocas pulgas. I olvidó que también criticó al chofer, Sándor, porque no usa el cinturón. Yo voy alegremente dormida pero en trance teniendo que capear sus comentarios sobre los peligros a los que nos expone el húngaro. Ah, algo muy feo fue que ayer a la noche, antes de ir a la cena de despedida de Viena, en el pueblo de Grinzig, nos enteramos de que hubo una tremenda tormenta en Budapest que le voló parte de la cocina de la casa, pobre hombre. Volvimos a compartir mesa con el señor que viaja con sus nietos, es un trío adorable: abuelo jubilado como director de escuela, profesor de historia, abogado y pianista de una orquesta de jazz; nieto mayor estudiante de derecho, nieto menor, de letras. Son encantadores. Pasados unos tragos, el conjunto, por parte femenina, se envalentonó y cantó, cantamos, canciones very tipical argentinas; los músicos no se iban de nuestro lado, éramos los que más les llevábamos el apunte. Cuando la cena concluyó todos éramos una familia, ji, ji, ji. Llovió e hizo frío, debí traer ropa más abrigada.

                               
Ahora voy para atrás para decir que vimos la obra de Egon Schiele, expresionista austríaco, que yo no conocía demasiado y que me encantó, tiene una cara de loco total y trastornado. Lamentablemente, vivió solo veintiocho años, murió en 1918, igual que Klimt, tres días después que su mujer, ambos por la gripe española. Tiene una pintura que es su versión del famoso Beso de K, se llama Cardinal y Monja, es bellísima, es de 1912. Otro museo que visitamos fue el de artes, uno de los del Quartier de Viena, fundamentalmente buscamos a Brueghel, porque todo es imposible y a I le encanta leer toda la info y fotografiar. A propósito, como me acicatea cada vez que aparece la reproducción de El Beso, le dije que iba a hacer una lista con las cosas que no quiero ver más ni escuchar. Es la siguiente: El Beso, El Danubio azul, de Strauss, la palabra souvenir. Luego vino una discusión porque I quería incluir la hamburguesa, pero para mí ni siquiera entra en consideración, después quiso poner Coca Cola y yo le dije que a veces tomo, eso le quitó el habla porque no entiende cómo alguien –yo- que utiliza la fecha de la revolución cubana, como clave para las cajas de seguridad, puede tomar una bebida proveniente del mundo imperialista. Ay, tengo que explicarle cada cosa, siempre dije que los seres humanos estamos formados por capas de aparentes contradicciones, pero todo tiene su explicación y coherencia. Ahí interrumpimos la lista, que retomaremos en otro momento. Además, le había dado para elegir la fecha de la Primavera de Praga o La Revolución de Terciopelo, pero siempre tiene que objetar mis propuestas. Igual, primó mi sugerencia.

                               
Ayer fuimos a la Abadía de Melk, benedictina, tanto el viaje como el lugar estuvieron muy bien, el recorrido es por el valle del Wachau, en las afueras de Viena, con alternancia de montañas, bosques y viñedos aterrazados, siempre con el Danubio Durante estos viajes largos nos van dando el contexto de un modo muy atrapante; el problema es que mi cabeza se fracciona en mil partes y ya no sé cómo disciplinarme. Admito que me parece una buena idea que I grabe todo en su Ipod, antes criticaba y ahora le ruego que lo haga. Un día nos sentamos en una confitería famosa a tomar un café, en Viena. Este simple acto es todo un numerito que incluye la lucha de I por que le traigan el café bien caliente, con la leche muy caliente. Tendré pocas pulgas, pero pienso que no se puede contra las costumbres de un lugar; en Bratislava un mozo llegó a decirle la temperatura con la que había hecho el café, con la intención de hacerle entender que el café estaba caliente, pues no, le pidió otro, mientras yo me tomé el mío más el rechazado. Conclusión: cada vez que nos sentamos para relajarnos comienzo a sudar previendo la que se viene. Los vinos blancos están muy buenos; Viena es más carita que Budapest, pero yo voy subiendo escalones hacia la junquicidad, mientras I los baja.
                       
Fuimos hasta la casa de Freud, pero a las seis dejaba de atender, llegamos media hora antes y su asistente no permitió nuestro ingreso; de más está decir que todos los visitantes eran argentinos y franceses. En cambio, nos detuvimos en la iglesia Votiva, es como cualquier iglesia, llena de oro, mármol y turistas, aunque encontramos una exposición fotográfica muy buena y muy terrible. Hoy nos contaban que los austríacos viven muy bien, que casi no hay clase baja y que tienen un alto índice de suicidios.
Mucho nos han dicho, y puede verse, sobre la gran resistencia de los austríacos hacia los cambios en el arte, sobre todo cómo rechazaron los edificios más modernos. Hay un barrio que tiene unas construcciones tipo Gaudi, es muy lindo y no me importa si es copiado; alguien  empezó el latiguillo con eso, pero qué importancia tiene, sobre todo para los que no estamos en tema, quién lo hizo primero. Lo último que recuerdo es un concierto al que asistimos en alegre grupo; es imposible que retenga los nombres austríacos de los lugares. Después lo busco. Estuvo bien, aunque le hubiera sacado algunos valses, concordamos con I en que se puede disfrutar uno, dos, tres, como escándalo, y después pasemos a otra cosa, por favor. Lo que más me gusta a mí son las óperas, me gusta pensar que en otra vida seré soprano, cómo me gusta toda esa tragicidad. Una copa de champagne durante el intervalo y cuando todo terminó vuelta al hotel, búsqueda infructuosa de un lugar para comer algo, aceptación de canapés preparados con lo que quedó del día: algo de queso brie, unas cervezas en el hotel y un trago de palinca, de las botellitas de la bebida húngara rescatadas con desesperación del fondo de la valija, que después hubo que rearmar para partir al día siguiente –hoy- rumbo a la República Checa. Desde Praga termino este desordenado relato. Lo de hoy, claro, queda para cuando Wenceslao lo determine. Son las dos de la mañana, me muero de frío con la ventana abierta, observo la lluvia y me voy a dormir, porque el calor de la cerveza negra alcanzó hasta aquí.
                                                                

                                                                                      Gabriela Frontini
                                                                                                                                20 de julio de 2012







sábado, 27 de octubre de 2012

Bratislava

Bratislava
Hubo que partir en micro, por una carretera en buenas condiciones, en una mañana que se desperezó nublada, hasta despertarse con sol. El viaje fue tranquilo, yo creí que iba a dormirme pero, supongo que por la curiosidad de tan particular destino, mis ojos se mantuvieron bien abiertos. Por tramos, el camino recordaba el verde monótono de la llanura argentina; enseguida cambiaba en colores y ondulaciones; los puentes que cruzan la ruta están cubiertos por vegetación, están hechos para que los utilicen sólo los animales. Lamentablemente no vimos ningún bicho -me hubiera encantado-, imaginé una vaca decidiendo ir a visitar a una vecina del lado de enfrente. Yo iba sentada adelante, sin hablar demasiado, escuchando los señalamientos de I acerca del chofer: mientras maneja, se apoya sobre el volante como si se tratara de una mesa, habla por dos teléfonos, busca empeñosamente discos; todo muy cierto, a qué negarlo, solo que yo tenía que hacer mi duelo por Budapest y el resto no me importaba. Cuando I comenzaba a enumerar las virtudes de Viena, puesto que ya la conoce, e intentaba convencerme, yo trataba de explicarle mis razones: los austríacos no quieren asumir su pasado nazi, miran para otro lado, desalientan cualquier tipo de innovación y deben ser aburridos, como todas las personas prolijitas desmedidamente. También le recordé la historia del padre que tuvo hijos con su propia hija, la mantuvo encerrada, con la anuencia de la madre y de ¡cuántos más!; de todo tan limpito a algunos les estalló la cabeza. Entonces, así como así, me dice: no me lo recuerdes. No estaría mal ver alguna peliculita de Haneke para refrescar la memoria: por ejemplo esa en la que el matrimonio que tiene un buen pasar y dos niños hermosos y saludables, planifica el suicidio de la familia entera. Pero I me tilda de caprichosa; ya le dije que no quiero ver ni una vez El Beso, de Klimt, estoy hasta la coronilla. No es que no me guste su obra, me hartó esa. Finalmente, me dio la razón, aunque sé que volverá a la carga porque se obstina y quiere imponerme sus pareceres. Volvamos a la ruta, mejor: alguien de la agencia, profesor de historia, nos fue contando muchas cosas de estos pueblos, y pensar que mucha gente cambió de nacionalidad, por decirlo rápidamente, por todos los cambios. Muy desestabilizante pensar que un día el lugar de nacimiento pertenece a Hungría, otro a Eslovaquia, etc. Eso sucedió con Kasa, el lugar de origen de Márai. Fue muy interesante todo lo que contó G durante el viaje. Y lo último, con lo que ya entramos a Bratislava, mientras dejábamos los molinos, fue la lectura de partes de Danubio, de Claudio Magris, leído por M, nuestro guía.
La capital de Eslovaquia es pequeña y bien bonita. En cada lugar que llegamos, además de nuestro guía, tenemos otro guía local. Esta vez nos tocó una señora que habla muy bien el español, que no se cansó de bajar línea constantemente, en forma de chistes. Esto trajo un nuevo intercambio verbal con I, dice que está bien que la señora deje plantada su posición, que debe haber sufrido con el universo soviet y ta, ta ,ta; yo contesto que, en todo caso, plante bien de frente su postura y que su ardid de hacerlo mediante chistes es de mal gusto.
Abajo la junquicidad al palo. Bueno, es bien interesante conocer Bratislava. Es un lugar que, creo, está lejos de nuestro imaginario, tiene mucho para enseñar, para nuestra ignorancia, digo como maestra ciruela. No tenemos demasiada idea de la vida de la gente por estos lados. Aparte de eso, como en cualquier lugar de Europa, todo el tiempo nos cruzamos con las placas recordatorias de los que pasaron, vivieron, crearon por aquí; enseguida me imaginé a Mozart saliendo por la puerta de una casa pintada de amarillo.
Nos despedimos de la señora; a ver si nos entendemos: no es que yo haya sido ni sea ahora pro Stalin, no es que crea que un guía puede ser objetivo pero, si quiere informarnos acerca de lo que considera horrores del período soviético, que no lo haga contando la historia como si fuera un chistecito. No sé cómo ser más precisa, cuando lo sepa aviso. Y ahora pretendo dormir unas seis horas, ya me parece que escribo en sueños y ya no me acuerdo nada más de lo que vimos ni hicimos.

                                                                                                                         Gabriela Frontini
                                                                                                                                17 de julio de 2012

PD: No logré ir a ningún cementerio, pero I acaba de leerme sobre uno en Viena, donde moran Schubert, Mozart, Brahms, Beethoven, etc. Ojalá no quede lejos.

Budapest

Budapest
          Toda vida humana tiene algo único, algo que uno prepara durante mucho tiempo, algo que   cuida, que va formando poco a poco, que mima. A veces es una persona. A veces, una obsesión.
Sándor Márai, ¡Tierra, tierra!


Dejar esta ciudad única me llena de nostalgia y me parece injusto. Por qué abandonarla y cambiarla por Viena, que no me despierta simpatía. Sabía que me iba a gustar, tenía el pálpito, la intuición, la sospecha, pero no imaginaba la medida. Todas las ciudades que miran al río son hermosas y me seducen, esta es solo ella, tiene esa marca europea y, al mismo tiempo, calladamente, se impone. Aunque no, esa no es la palabra, no se cuál es la palabra, ahora que me caigo de sueño y quisiera irme a dormir con la ilusión de despertarme y seguir caminando por la rivera del Danubio, cruzando puentes, levantando la vista y repitiendo una vez más qué hermoso edificio. Algunos están restaurados, blancos, otros siguen negritos, a la espera. Todos son bellos, más que bellos, la arquitectura, los estilos, son diferentes y nos gustan por igual. Calles laberínticas, angostas, sinuosas; casas bajas, de colores pastel, cuyas ventanas enfrentadas parecen conversar desde los siglos. Avenidas anchas, señoriales sin ostentación; cafés, cafés, cafés y mas cafés. En algunos, más modernos, han tenido la excelente idea de ofrecer mantas para los que nos sentamos afuera; vimos el primer día, en un lugar cerca de nuestro hotel, gente envuelta en unas telas coloridas, después advertimos la función y nos pareció encantador y práctico. Esta noche, cuando volvimos de cenar con una pareja húngara de conocidos, nos tomamos una copa de vino haciendo uso de las abrigadas mantas, y yo empezaba a extrañar. Estos amigos de I nos habían llevado a cenar a un restaurante en Buda y después a seguir bordeando el Danubio para ver por última vez los puentes y los palacios iluminados. Pueden imaginarse lo que fue eso. De día es precioso y de noche se pierde la razón. Nuestro hotel está en Pest, que es la parte baja y la más plebeya, dicen, pero no entiendo cómo puede llamarse así a la Avenida Andraassy, con su famoso café New York y tantas otras cosas. Claro que todo el tiempo tuve presente a Márai con sus descripciones, miraba y caminaba los puentes pensando en la destrucción, este es un pueblo habituado a batallar, caer, volver a empezar, son rebeldes. Es un despropósito no entender ni adivinar una sola palabra de lo que dicen, me da la sensación de que usan muchas palabras para decir algo; no, no es eso, sino que las palabras son muy largas, por las declinaciones. M, nuestro guía, sostiene que es una lengua dificilísima de aprender. Como suele pasar en estos viajes, cuando volvemos al hotel ya no damos más, lo único que lamento de eso es que no me quedan energías para escribir, cuando en realidad siento deseos de hacerlo y ya se sabe que es algo para hacer en el momento. Dije que hoy nos vamos de aquí hacia Bratislava; no puedo dejar Budapest sin dedicarle  algo mínimo, como un eco bajito de lo que realmente es para mí. Voy a enumerar algo de lo que hicimos: a pesar de inicial resistencia, porque no me gusta estarme quieta en una aguas calientes (eso sin agregar la aversión que esgrimió P sobre los hongos ajenos), consentí en ir a los Baños termales, famosos aquí, elegimos los de Gelbert, al otro lado del Puente Libertad, el edificio es precioso y, si uno tiene un poquín de imaginación, puede creerse que se encuentra en la Antigua Roma; también es cierto que volví relajada. Algo muy ingenioso que tienen es un aparato que identifica la pulsera que hay que colocarse a la entrada y que oficia de llave para el locker en el que se dejan las prendas. La cuestión es que nunca habíamos mirado el número de ninguno de los dos y hubiera sido tedioso estar probando la lectura del código entre los cientos de armarios; asunto solucionado y ropas recuperadas (evidentemente, los números y las marcas de ciertas cosas no son lo nuestro: en Francia no sabíamos ninguna de las dos cosas cuando alquilamos auto y fuimos a buscarlo la primera vez que lo estacionamos). Otro paseo fue en el tranvía 2, que corre paralelo al río. La temperatura es muy llevadera porque no llega a los 30 y va alternando con lloviznas y sol. Parece que la semana pasada hubo hasta 45, eso ya me lo había dicho mi amigo P, aunque me había costado creerlo; a la noche siempre refresca. Una cena que hicimos con el grupo fue en un bosque, ya el camino para llegar fue hermoso, es un pueblo en las afueras de Buda. Si bien la cena era para turistas, la verdead es que estuvo muy bien, bebida, comida y compañía incluidas. Antes habíamos hecho un paseo en barco, había estado lloviendo, pero en cuanto subimos al barco salió un sol que permaneció durante toda la travesía y entonces pudimos ver perfectamente el castillo, la ópera y todo lo que hay que ver y disfrutar en estos casos. Después de la cena fuimos hasta el Monte para ver toda la ciudad iluminada. Lo último de ese día fue el parque con la réplica del castillo de Drácula: ahí llegó un momento en el que nadie podía hablarme, tuve que apartarme un instante, temerosa de que mi fascinación pudiera dañar a alguien. I me provocó diciendo que no podía yo ponerme así, sabiendo que era una réplica, hecha con fines comerciales; tuvo que darme la razón cuando le expliqué que las cosas son lo que nosotros queremos que sean y que a mí me basta tomar una parte del todo y a partir de allí armarme lo que quiero. No pude ir a la casa de Sándor Márai por la discordante circunstancia de que Bruce Willis está filmando una película en esa zona y está cerrada.
Los húngaros tienen expresión seria, un poco triste, nostálgica; nos parecemos bastante. Nadie nos trató mal, a veces un poco secos, pero siempre educados y amables. Hay hombres lindos realmente; los tacos sobre los cuales se desplazan las húngaras tienen tanta altura como ellas mismas: los zapatos son DIVINOS, imaginé a varias de mis amigas admirándolos, con un hilo de baba.
No sé si para complacerme, hacerme callar, o con verdadera intención de llevarlo a cabo, I me dice que volveremos a esta ciudad (no vimos ningún museo, entre otras cosas, porque ayer olvidamos que hoy era lunes, porque durante la tarde de ayer perdimos noción de absolutamente todo; no pudimos entrar a la sinagoga; siempre terminamos corriendo para llegar, bañarnos y salir a cenar sin hacer esperar a los otros); yo le creo, me conviene. Si P vuelve a Budapest y no vende su departamento, podríamos instalarnos allí, pero es un hombre mutante; antes de que me lo pregunten, respondo que no pasé por la puerta de su casa: el tiempo es Perón y no lo permitió. Sin embargo, ¿el azar? hizo que una de los primeras cosas que vimos fuera el Museo Petofi; es un escritor cuya obra desconozco, pero sabía que es importante (Márai lo menciona en Confesiones); está a dos cuadras del hotel y fuimos a un concierto allí el segundo día. Entramos y salimos de la sala varias veces, porque no habían concluido la preparación, eso creo. En fin, un poco desordenado, como en casa. El concierto en sí, más o menos, pero me gustó estar allí.
No quiero romper el hechizo, por lo que diré poquito acerca del grupo: son todos tranquilos, callados, buenos compañeros de viaje, no hay que estar esperando a nadie que se retrasa; es el justo equilibrio entre moverse en insoportable manada y estar solos prestando atención a todo lo desconocido con que hay que lidiar. Hacemos visitas juntos y tenemos tiempo libre para lo que se nos da la gana.
Estuvimos poco tiempo, es una ciudad que requiere, aunque no lo grite, dedicación. No voy a decir que viviría aquí ni que me pasaría una larga temporada, porque eso no lo haría en ningún lugar que tenga un idioma que no conozco, aunque es absolutamente seductor mirar los carteles con los nombres de las calles. Esta pregunta es la que me hace siempre I, que insiste en que me venga a escribir en cada ciudad que pisamos. Ah, otra cosa es que hay muchas librerías a las que no entramos, porque lo haríamos en un después que nunca llegó, pero de pasada vi en una vidriera una traducción al húngaro de un libro (lamento no saber cuál era) de Boris Vian, sí, sí y sí, los objetos me llaman y aunque nunca sepa dónde estoy ni para qué lado queda nada, lo que me estaba esperando siempre lo veo.


A lo mejor soy la Lejana Alina Reyes, de Cortázar, que vino a encontrarse con su doble, su alter ego o con ella misma.
   Gabriela Frontini
 Budapest, lunes 16 de julio de 2012